Notas para un diario 30

Una vez más, estando apenas veinticuatro horas fuera de casa, compruebo que tengo el “mal de la escritura”, una necesidad compulsiva de poner las cosas que me pasan (o cualesquiera cosas) por escrito. Para mí nada alcanza un estatuto de realidad hasta que lo escribo. A menudo paso días, cuando no semanas o años, con algo en la cabeza, sin otro fin que el de llevarlo finalmente al papel. En castellano eso se ha llamado siempre grafomanía (manía de escribir), pero ahora se empieza a hablar de hipergrafía, una especie de hipertrofia de la necesidad de escribir. Tengo entendido que se trata de un término psiquiátrico, admitido al menos en el influyente ámbito de la psicopatología anglosajona. Es decir que ya se reconoce abiertamente que en algunos casos (ciertamente en el mío) la manía de escribir acaba siendo algo obsesivo, cuando no claramente enfermizo.
El problema de fondo, el más agudo, es que cuando esto va cobrando cuerpo en uno, con el tiempo, se hace cada vez mayor la necesidad de escribir para poder vivir, llegando después a otro límite mucho más peligroso aún: el de vivir para escribir. La manía genera un montón de problemas prácticos (al final no se quiere hacer nada más que estar delante del papel, alcanzado un agotamiento mental que provoca todo tipo de desórdenes), y se considera que en realidad todo lo de nuestro alrededor es superfluo, cuando no un estorbo para esa actividad que se hace totalmente dueña de nuestro ser. No se necesita nada de fuera (se nos puede caer la casa encima, dejamos para el último instante  cosas tipo la dichosa declaración de la renta y, lo que es mucho peor, podemos llegar a no atender a los demás como se merecen), salvo una mesa, una lámpara y cuanto más tiempo por delante mejor (véase la maravillosa foto de Henri Zerdoun). No concebimos siquiera la muerte: el único hecho del que no podremos escribir (acaso la liberación definitiva de este mal). A lo mejor viene de ahí la unión mental, por lo demás absurda, entre escritura e inmortalidad.
Orate pro me, fratres!

2 Comments Notas para un diario 30

  1. ángela 13/06/2008 at 07:11

    Precioso texto y preciosa foto. Cuando monte mi editorial prometo publicar lo que escribas, y venderlo después en mi también soñada librería. Pero para eso todavía tengo que encontrar un “Mendel” al que todo el mundo venga a preguntar y me diga qué tengo que publicar y qué debo vender. Impresionante el cuento: hace días que lo leí y todavía tengo la imagen del librero encorvado dando vueltas en mi cabeza. Enhorabuena una vez más por el blog

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  2. jeromo 20/06/2008 at 17:53

    Gracias por tu blog y no dejes de “vivir para escribir, ni de escribir para vivir”

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