Notas para un diario 24

En pleno vuelo leo en la revista que aguarda en la bolsa frente al asiento unos consejos para hacer del viaje aéreo una experiencia placentera; los firma el Servicio Médico de Iberia. Escéptico, estrujado entre dos vecinos de fila que, por una extraña metamorfosis, se han convertido en gigantes cuyos hombros imponentes me amenazan por ambos flancos, me detengo especialmente en uno: “Pequeñas diferencias horarias pueden causarnos jet-lag, y por supuesto cuando éstas son mayores, son claramente acusadas por el “reloj interno” que nos marca las horas del sueño y la vigilia. Desgraciadamente poco se puede hacer para contrarrestar los efectos del cambio de los husos (sic) horarios”. En un primer momento creo reconocer una errata. No puedo afirmar, a estas alturas, si el escritor colectivo, ese servicio médico o quien quiera que haya redactado el vademécum, quería poner “husos”, como ha quedado escrito, o acaso se refiere a la palabra “uso”, con idéntico sonido pero muy distinto significado en nuestra lengua: ¿el uso horario o el huso horario?, ¿está nombrando la costumbre y la forma en la que distribuimos las horas del día o hay en esa expresión una alusión, sin duda metafórica, al instrumento en el que se recoge y devana el tiempo como si se tratara de un hilo?
De vuelta en casa, casi sin saludar a nadie, me lanzo sobre el diccionario deseoso de salir de dudas. Veo que efectivamente existe una acepción, que yo desconocía, según la cual se denomina huso horario a cada una de las partes en las que queda dividida la superficie de la tierra por los veinticuatro meridianos y en las que rige una misma hora. O sea que cambiar de huso horario no es cambiar el modo en que distribuimos las horas del día sino, más literalmente, pasar de un meridiano a otro y, por tanto, cambiar la hora del reloj por la que nos regimos. Me gustaría saber a quién se le ocurrió esa metáfora del mundo de la costura para hablar de un fenómeno que tiene que ver con el paso del tiempo. Es evidente que la forma achatada del globo puede recordar la forma de un huso. Los meridianos son líneas imaginarias que se tiran como si fueran hilos y que deben pasar por ambos polos. Pero todavía me gustaría más saber por qué el paso del tiempo se ha explicado tradicionalmente con metáforas textiles, como por ejemplo la que habla de la vida como de un hilo que se va tejiendo y deshaciendo en el telar de la Historia.
Han sido los griegos quienes han dado las más bellas explicaciones. Penélope, el famoso personaje de la Odisea, espera a Ulises cosiendo de día y destejiendo de noche. Les ha prometido a sus amadores que aceptará un nuevo matrimonio cuando termine de coser un vestido. Parece que se limita a matar el tiempo cosiendo pero en realidad espera fielmente a su marido, rechazando a los pretendientes que la acosan no tanto por amor cuanto para proclamarse reyes. Es una explicación enigmática del paso del tiempo y si lo pensamos nos damos cuenta de que la moda tiene mucho que ver con esto. Homero lo intuyó perfectamente y lo simbolizó en la figura de la mujer que hace y deshace constantemente la ropa. Penélope emplea el tiempo en superar los peligros que le salen al paso; se dedica precisamente a rehacer vestidos, como cualquier modista, mientras aguarda a su marido. Hace algo que parece inútil pero que le sirve para no caer en las peores manos y que además exige una inmensa creatividad. Todo trabajo en la moda tiene el signo de Penélope: el signo de la distracción, la paradójica función de atraer (por la belleza) y repeler a un tiempo. En este sentido podríamos concluir que las creaciones de la moda deben de ser discretas, la moda debe de resultar atractiva pero con un toque de contención. Y es que la moda esconde algo trágico –que el tiempo pasa- aunque también contiene la esperanza de que la solución a la vida se encuentra en un futuro que no se conoce pero que tampoco necesariamente se teme. En la moda se muestra, a través de innumerables recursos, la capacidad que tenemos para el cambio. Pero es preciso darse cuenta de que sólo se trata de lo que podríamos llamar un digno y noble pasatiempo.
(Foto: un cuadro de Peter Hammershoi)

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