Notas para un diario 17

He pasado muchas horas de mi vida en la Place de la Sorbonne. Leyendo, hablando con alguien, hojeando libros en Vrin y en PUF (¡ha desaparecido!), o simplemente estando allí. He dormido en varios de los hoteles de la plaza y desayunado en todas sus terraza y cafés. Sé quienes pasaron por ahí, quienes se amaron y rompieron bajo la imponente cúpula. Un verano, en vez de apuntarme en el curso de francés de la universidad (que mis padres me perdonen), instalé allí mis reales y acudí, eso sí, con absoluta disciplina, cada mañana, durante veinte días. Me gasté media matrícula en libros de filosofía y la otra media en invitar a café y curasanes a una amiga italiana que me contó de comienzo a fin El hombre sin atributos de Musil. Me gusta especialmente a primera hora de la mañana, recién regada y con poca gente. Los días lluviosos y de invierno, la luz se atenúa y desde las vitrinas apenas se distinguen los contornos de los pasentes. Podría uno estar de noche en el puesto de mando de un barco en plena tormenta que no vería menos.
La última vez que fui a París recalé, cómo no, en la plaza. Llevaba en el bolsillo un ejemplar del Diario de Katherine Mansfield que me acompaña siempre que me aprieta algún sufrimiento (reconozco que por entonces estaba superado). Leí una vez más su increíble pasaje sobre el dolor: “Quisiera que estas líneas fueran acogidas como mi confesión postrera. No hay límite al sufrimiento humano. El sufrimiento es ilimitado, es la eternidad. Pero no quisiera morir sin dejar escrita mi creencia de que el sufrimiento puede ser vencido. Pues lo creo. No se trata de lo que llamamos “ir más allá”. Esto es falso. Hay que someterse. No te resistas. Acógelo, déjate anonadar. Acéptalo plenamente. Que el dolor sea parte de tu vida. Porque todo lo que en la vida aceptamos plenamente, experimenta un cambio. Así es que el dolor tiene que volverse Amor. Ahí está el misterio. Si el dolor no es un proceso reparador, yo haré que lo sea. Aprenderé la lección que él mismo enseña. Estas no son palabras vanas. No son consuelos para enfermos. La vida es misterio. El dolor más espantoso desaparecerá. Tengo que volverme hacia el trabajo. Tengo que transformar mi suplicio en algo diferente, cambiarlo. “El dolor se convertirá en alegría”
De lo que no cabe duda es de que Katherine Mansfield pasó un auténtico calvario. Mientras escribía esas líneas, enferma de tuberculosis, yacía en cama sin esperanza de curarse. “Cuando tenía un mal día, Katherine se sentía demasiado débil para levantar la cabeza de la almohada; en uno bueno, se levantaba a las siete y media y caminaba sólo hasta los árboles que rodeaban la casa, se sentaba en un tronco al sol y disfrutaba de la sensación de estar sola”. Así han descrito los últimos meses de su vida. Pero los sufrimientos físicos eran, para ella, lo menor: “Comparado con el dolor espiritual, un juego de niños. Si uno tuviera el pecho oprimido por una piedra muy gorda, aún podría sonreír”. No. Le atenazaban la soledad, el desamor y el desamparo.
Algo muy parecido a lo que le ocurrió a otra de las grandes damas de la literatura del veinte: Karen Blixen. Algún día contaré algunas historias de su vida: su soledad infantil, el suicidio de su padre, el amor imposible por el primo de su marido, el abandono. Lo que me llama la atención, en su poema sobre el dolor es que identifica también a éste con el amor y con el cambio:
Santo dolor, madre de toda alegría, 
anhelo de felicidad, la noche cede a la mañana.
De la tierra de la imperfección hacia la luz
todos los caminos pasan por tu imperio
La luz deviene oscuridad, el amanecer deviene noche
purificados por ti, en tus manos.
Tú diriges la luz, dolor, madre de la alegría
hasta la perfección, donde termina todo cambio.
Siempre me he preguntado por las razones de fondo de esta identificación, más allá de la experiencia de esas almas grandes. No cabe duda de que, como en tantas cosas, la observación de la naturaleza jugó un papel en el imaginario de nuestros ancestros: el ciclo de las estaciones, con la siembra, el paso del crudo invierno y la resurrección de la vida en la primavera impuso una lógica que se llega a reflejar en escritos tan espirituales y refinados como los Salmos: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares: al ir iba llorando, llevando la semilla, al volver viene cantando, trayendo sus gavillas” (Sal 126, 5-6). El labrador siembra llorando por que piensa que está cometiendo una locura: se desprende del grano que no sobra y los arroja a puñados sobre el suelo quitándoselos de la boca a sus hijos. Allí, durante meses, se pudrirán enterrados en una oscura incertidumbre. Pero al cabo de los meses, el sacrificio inicial y la paciencia ante lo que no se veía conducirá a la siega.
No sé si me convence del todo esta bella explicación. Supongo que en parte la cosa es así. El mismo Jesús acepta esa lógica de la naturaleza cuando dice aquello de que “si el grano de trigo no muere…”. Pero no somos naturaleza y en todo caso esa lógica no explica que el sufrimiento se transforme en amor. Amor, dice Katherine Mansfield. La naturaleza sabe de la vida, de la abundancia, pero no del amor, que es tan necesario como irracional.
No sé. Supongo que aquí viene lo del misterio. El amor es un misterio. El Cristo también dijo aquello de que el que quiera seguirme, cargue con su cruz. No especuló con el sufrimiento. Se limitó a mirar con amor y a decir una sola palabra: “Sígueme”. Al instante le seguían aliviados. ¡Qué misterio!

3 Comments Notas para un diario 17

  1. Delphine 20/05/2008 at 17:15

    Merci de nous mener, grâce à tes promenades, vers l’essentiel, ce qui résume finalement notre quête, avec la sensibilité et la finesse qui te caractérisent.

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  2. Alvaro de la Rica 20/05/2008 at 19:17

    Merci! Je t´embrasse. On ne sait jamais si ca vaut la peine de poursuivre.

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  3. Delphine 21/05/2008 at 09:38

    Je suis persuadée que ça en vaut la peine, et pour toi et pour tes lecteurs. Et tiens-nous, tes lecteurs, au courant pour la publication de ton livre!

    Reply

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