Notas para un diario 9


Hoy, 2 de mayo, es un día histórico. Inés cumple seis añazos. Increíble pero cierto. Como si fuera un sueño del que nos hemos despertado de repente, aún recuerdo sus primeros movimientos, recién nacida. Recuerdo también que era una niña tranquila y rellena los primeros años. femenina, delicada, abierta, desde siempre. Tiene el mismo equilibrio de mente y corazón que su hermano mayor; algo innato en lo que los padres como mucho podemos intentar no estropearlo.
Hemos pasado un día perfecto. A primera hora en la playa, nos hemos bañado los dos mientras los mejores surferos del mundo practicaban en la olas para el campeonato que empieza aquí el lunes. Al fondo, el Faro de Biarritz y los Pirineos (en concreto Las Tres Coronas). Hemos procurado estar todo el día juntos, siesta incluida. Aquella niña pepona tenía ya clarísimo que de regalo sólo quería ropa. Y además la elijo yo, papi. “De acuerdo, princesa” (siempre le he llamado así, desde pequeña).
Pensaba hoy en el inevitable paso del tiempo. Más que instalarse en el presente (algo que obsesiona a mi amigo Claudio y obsesionaba también a Fernando I., más cuánto más se acercaba su muerte), creo que hay que vivir fuera del tiempo o en otro tiempo. Sobre esto habría mucho que decir pero es algo que se percibe con claridad en las relaciones paterno-filiales. Uno de esos terrenos en los que quiebra la dimensión lineal de la vida: aquí se produce más bien un círculo o quizás una elipse. Cuando los dos chapoteábamos en el agua esta mañana, me preguntaba quién era de verdad el hijo de quien. Al mismo tiempo pensaba en mi madre, de la que hablaré a fondo algún día, cuando sea capaz de ser objetivo. Figlia dal tuo figlio, el gran título de quien también es Teotokós. Hizo falta Miguel Ángel para esculpir la imagen en piedra: una imagen que proyecta una dinámica circular de las almas y de los cuerpos: ¿quién ejerce la pietas? ¿quién sufre más? ¿quién ama más? Cada uno a su tiempo: nacimiento, vida, muerte, vida, (re)nacimiento.
(La foto de la Pietá es de Robert Hupka, que entendió lo esencial de la figura miguelangelesca)

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