Notas para un diario 18

Pensaba estos días en la amistad. Cuánto se ha dicho y escrito sobre esta maravillosa realidad humana, algo sin lo cual, no sé qué pensaréis vosotros, pero yo al menos no sabría vivir. O dicho de otro modo, en realidad si nos fijamos bien al final vivimos por y para la amistad. Yo desde luego pienso así; a veces creo que es algo innato, sobre todo si echo la vista atrás y me veo hace años, con bastantes menos (como en la foto del perfil), entusiasmado con ese mundo que se abría al tiempo que las primeras amistades iban surgiendo en el horizonte de una vida que comenzaba a dar sus primeros pasos en el mundo. Gracias a la amistad, la atmósfera se vuelve respirable en un sentido literal de la palabra: lo contrario supone la muerte moral, algo infinitamente peor que la muerte física. No cabe concebir lo que los teólogos llaman “gloria accidental” sin los amigos que uno ha ido haciendo, acaso la única hoja de servicios verdaderamente elocuente; por eso dicen también los profetas que no nos salvamos ni condenamos solos. Nunca más a cuento la frase de mi amigo Claudio de que los amigos son aquellos que en el Juicio final testimoniarán a nuestro favor. Algunas noches, ya en la cama, medio tostado, me represento la escena –tarea inútil: “no ojo vio, ni oído oyó…”– y creo que la idea se queda corta: no sólo testimoniarán sino que gritarán, presionarán y hasta patalearán si hace falta para que nos dejen entrar… ¿qué sería una eternidad sin ellos, sin nuestros queridos amigos?
No tengo ninguna gana de especular sobre la amistad, como lo hizo por ejemplo el gran Cicerón (antes lo hizo Platón en el Lisias) cuya lectura es obligada. Mis pensamientos estos días se han movido en un terreno ambiguo, lo que en este ámbito quiere decir entre la ilusión que descubre nuevas amistades y la desilusión con algunos “amigos”. A ver si me explico.
La amistad es algo que se descubre inopinadamente: el proceso tiene que venir precedido de un conocimiento previo indiferenciado (los amigos se conocían antes de serlo pero no sabían que estaban destinados a algo tan alto y definitivo) y, cuando menos se lo esperan, pronto o más tarde, acaso a través de un gesto, de una palabra, de una mirada o ausencia, se dan cuenta de que donde antes había sólo una persona apreciada ahora tienen un amigo. No creo que existe una experiencia más dulce y más extraordinaria que ésta: descubrir la amistad, con frecuencia cuando uno menos se lo espera. Alguien a quien habíamos visto cientos de veces, con quien habíamos trabajado, nos había servido el café o los libros, le habíamos dado clase, hecho negocios o deporte con él, compartido una familia, una educación o una infancia o lo que sea, de repente se nos revela como amigo. Nos dice algo, nos escribe, nos hace saber que está ahí e intuimos que lo dice de verdad y con todas las consecuencias. Otras veces, un amigo que nunca nos había dicho realmente lo que sentía por nosotros, de repente nos los revela (ya lo sabíamos pero es una maravilla oírlo de su boca). Entonces surge de lo más profundo de nuestro ser un sentido “gracias a la vida”. El otro deja de ser “el infierno” del que habló Sartre para ser “la salvación”. He tenido dos experiencias así en los últimos días.
Ese momento de revelación gloriosa tiene que ver seguramente con el descubrimiento de que a esa persona le importamos de verdad, con la certeza de que a partir de ese momento ponemos todo lo que tenemos a su disposición (éste es un punto delicado: el amigo siempre da y al mismo tiempo se cuida de no pedir y de limitar la generosidad del amigo), nos abrimos completamente al otro, presentimos todo lo que le pasa, gozamos con él y sufrimos con él: las dos vidas se funden en una, son una en realidad (“el amigo da la vida por el amigo”), entrelazada, entregada, plena de respeto y admiración. Queremos que el amigo crezca y le ayudamos con todas nuestras fuerzas para que así sea. Nada nos hace más felices que poder asumir un riesgo por él. Por eso decía un sabio que lo mejor que pueden hacer los padres es ser amigos de sus hijos (¿hay mayor “riesgo” que engendrar un hijo?), cosa que no siempre ocurre. Tampoco ocurre demasiado entre hermanos, y es una verdadera pena a la que hay que resignarse.
En la amistad las palabras son hechos y los hechos palabras que nos gritan la verdad de lo que el otro lleva en el corazón. La amistad es algo puro e inmaculado, lo malo que hay en los amigos queda purificado por el fuego de la amistad y nunca se presenta como algo malo, aunque no todo en la amistad sea perfecto. Como todas las realidades grandes de la vida, existe la sombra de la amistad, la apariencia de amistad. Esto ocurre cuando la amistad no es recíproca: algo que no siempre se descubre a la primera. Creemos que alguien es amigo nuestro (o a la inversa) pero en realidad no lo es: le importamos poco o sólo quiere de nosotros una parte y no la totalidad. Ni sufre ni goza con nosotros, no presiente nada ni tiene la menor intención de que crezcamos en el bien. En realidad no está dispuesto a dar nada de lo que más le importa. Se lo reserva para él o para sus verdaderos amigos, de entre los cuales nosotros quedamos excluidos. También aquí hay que resignarse. Durante un tiempo no vemos que se trata sólo de la “sombra de una amistad”: por muy alargada que sea, los hechos acaban negando la amistad. En ese caso no valen de nada, absolutamente de nada, las palabras. La expresión retomar una amistad encierra un error de concepto: sólo es válida metafóricamente. Si nos confundimos aquí, sólo prolongaríamos una realidad de manera artificial y eso es algo que cualquier persona inteligente y sensible no puede soportar, ni hacer como que cree en eso, ni siquiera aunque se lo pida un tercer amigo, uno de verdad.
La amistad es eterna. Si ha sido, es y será. Nada la mata: ni la distancia, ni la lejanía, ni terceros de mala fe, ni los errores que todos comentemos a diario, la incomprensión o el silencio. La amistad puede sobrevivir incluso al enamoramiento que puede surgir entre los amigos: sea de uno, de otro o de ambos (quizás sólo en este último caso puede hablarse de amor amor: cuando en la amistad surge el enamoramiento recíproco o cuando al enamoramiento le sobrevive la amistad)
Parece un juego de palabras pero no lo es. La confusión es humana y en ocasiones todo queda sumido en la confusión. A veces se sufre mucho pero se puede estar tranquilo de que no pasará nada malo si uno se apoya en la fortaleza infinita de la amistad.
Naturalmente no tengo que confesar que no concibo ni la vida, ni el trabajo, ni la familia, ni la vida espiritual sin la amistad. Al final nuestros amigos son nuestra familia, nuestra vida verdadera.

1 Comment Notas para un diario 18

  1. Anonymous 26/05/2008 at 18:11

    que don inmenso este de la amistad, me parece también imposible vivir sin ella; qué fragilidad la nuestra que necesitamos darnos y sentirnos a la vez queridos por aquellos a los que amamos.Esa reciprocidad es lo que la hace grande, un bx tu hermana

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