El Papa, cristiano y judío

En el último y reciente viaje de Benedicto XVI a los Estados Unidos, en medio de sus numerosos compromisos oficiales, encontró tiempo para acudir a la Sinagoga de Park East en Nueva York. Era el día 19 de abril. Quiso estar allí con sus hermanos hebreos para desearles lo mejor para la Pessah (la Pascua) que se iniciaba justamente al caer de esa tarde.
¿Cómo no recordar a propósito de ese breve encuentro el paso por Auschwitz que hizo al comienzo de su pontificado?
Aquella visita al Läger de Oswiezim tuvo lugar el 28 de mayo del año 2006. Fue, si no recuerdo mal, su primer viaje. Sé que había estado antes en Alemania, pero esa cita la había concertado Juan Pablo II. Benedicto XVI quiso que su primer destino fuese Polonia (cuna de su predecesor), y acaso el propio campo de exterminio. En el avión de ida, comentó a los periodistas que acudía como hijo del pueblo alemán, con toda la dificultad que eso le suponía. Pronunció un discurso fuerte y contenido. Entre otras cosas, lanzó al cielo negro de Auschwitz dos preguntas que aún resuenan en mí: “¿Por qué Señor permaneciste callado?, ¿cómo pudiste tolerar esto?”
Acabo de leer el último libro del Papa publicado en español. Se titula “La Iglesia, Israel y las demás religiones”, y en el primer escrito dice lo siguiente: “Desde Auschwitz la tarea de reconciliación y aceptación se ha hecho totalmente inevitable”. Me preguntó si se refiere a la reconciliación y mutua aceptación de cristianos y judíos. En realidad yo creo que no. Que se refiere a la reconciliación de ambas religiones pero sobre todo a la aceptación de los judíos por parte de los cristianos. Al menos eso es lo que me gustaría creer que plantea en el fondo.
La cuestión no es intrascendente. Se trata, para mí, de la más importante en el plano personal: la necesidad de un planteamiento no excluyente del judaísmo por parte del cristianismo, o, dicho de otro modo, la plena aceptación de las raíces judías del cristianismo.
Pienso que esta es para Benedicto XVI una cuestión abierta y que él es muy consciente de que todavía hay mucho que hacer para allanar el camino que pueda llevar a esa reconciliación. Después de su discurso en Polonia fue duramente criticado por el Rabino de Roma. Al Papa le afectaron esas críticas. Al poco tiempo el Rabino suavizó sus palabras pero el Papa no se quedó del todo tranquilo. Puede que reconociese un fondo de verdad en quienes opinaron que debía de haber ido más lejos en un planteamiento como el suyo que nace de un deseo de auténtica catársis.
La gran cuestión, que por supuesto no se puede reducir a unas pocas ideas y que no puedo siquiera resumir aquí, no es otra que la que se enuncia al comienzo del libro citado: “¿Deriva esta enemistad de la fe los cristianos, de la esencia del cristianismo, de modo que, para que pueda darse una verdadera reconciliación, haya que apartarse de este núcleo y renegar del contenido central del cristianismo?”
Se me ocurren unas cuantas cosas: para los que no están en el ajo de los tecnicismos filosóficos y teológicos os diré que la expresión “esencia del cristianismo” la toma el Papa del libro de un teólogo italo-alemán que se se llamaba Romano Guardini, cuya vida y obra son para él una referencia. Pero, por eso mismo resulta paradójico que la traiga aquí a colación: ambos saben que el cristianismo no tiene una esencia sino que su núcleo duro es una persona viva en una relación trinitaria. Una persona que como es bien sabido era judío, descendiente directo de los reyes y patriarcas de Israel (cf. el inicio del Evangelio según Mateo) y, al mismo tiempo, “encarnación del Verbo” (cf. el inicio del Evangelio según Juan).
He dedicado siete años a escribir un libro sobre esta cuestión que espero que aparezca pronto publicado y que se titulará Apocalipsis secundum Kafka. Es tan sólo un inicio, un intento de dar vueltas a algo que me obsesiona. Como ha obsesionado antes a Heidegger (cuyo principal error vital fue su aceptar que Auschwitz era lo Innombrable) y a Celan y a Rothko (que se suicidaron porque no pudieron entenderlo por más que lo intentaron), o por supuesto a Kafka (que lo vio todo por adelantado).
Creo honestamente que la cuestión obsesiona también al Papa hasta el punto de que no le deja respirar. Hay que llevar ese peso con él. Estoy convencido de que tiene todavía mucho que decir al respecto y deseo con todo mi corazón que el Espíritu Santo le inspire con un viento suave que limpie las cenizas de una historia muy oscura.

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