Notas para un diario 4

Conversación frente a un gin-tonic
-No te entiendo…– dice L.
-No me extraña en absoluto.
-Me da la impresión de que rechazas lo que tienes.
-Supongo que en parte es así.
-Y ¿te parece justo?
-Digamos que no lo puedo evitar.
-No estoy segura de que de verdad te lo creas.
-Me temo que cuando tengo lo que deseo, no deseo lo que tengo.
-Me parece el colmo de la inconsciencia.
-No te lo niego.
-Y no te da miedo perderlo.
-Terror.
-Explícate por que cada vez te entiendo menos.
-No pretendo llegar a una auténtica explicación, pero al menos te haré una pequeña confesión: ¿sabes uno de mis miedos más recurrentes? uno de esos miedos que al mismo tiempo es como una gran tentación, algo que no me atrevería a reconocerle a casi nadie.
-Díme, díme.
-Cuando paseo por París, cosa que hago siempre que puedo desde hace más de veinte años, suelo perseguir a los mendigos. A veces lo hago durante varias horas. Los observo. Los describo en un cuaderno. Me quedo extasiado mirando sus caras, sus gestos, los cuatro objetos que acarrean, sus abrigos costrosos, sus ojos enrojecidos por la absenta, sus muecas dementes, sus dientes negros.
-¿Por qué lo haces?
-Por que creo que algún día seré uno de ellos.
-No te lo crees ni tú.
-Pues no lo sé. Lo que te aseguro es que me atraen con la fueza de un imán.
-Y, ¿qué es lo que te atrae?
-El abandono, la soledad, el que son auténticos, la desnudez interior, el anonimato… siempre he amado a las víctimas.
-Te olvidas del frío, del desprecio, la conmiseración, la enfermedad y el hambre.
-Y el desamparo, lo peor es el desamparo.
-¿Entonces?
-Entonces no sé qué decirte: lo único que deseo es ser totalmente libre; ya dijo alguien dijo que “la mayor comprensión de la libertad era darse cuenta de que no existe”.
-Me acuerdo del resto de la frase: “Una facultad que apenas nacida se da de narices consigo misma”. Era Gil-Albert el que lo escribió, ¿no es cierto?
-Da gusto hablar con gente culta.
-No me tomes el pelo. Sabes que no lo soy.
-Ahora eres tú la que te haces la víctima. Pero, volviendo a nuestra conversación, ¿te convence la versión católica de esa frase? Algo que más o menos sería “la mayor libertad consiste en darse cuenta de que hay que hacer la voluntad de Dios”?
-¿Por qué me lo preguntas? ¿sabes que no practico?
-Me da igual. Me pareces inteligente y honesta y quiero saber tu opinión.
-Pues eso son palabras mayores… Ya hablaremos otro día. Veo que tienes tendencia a querer agotar los temas.
-Vamos que soy un pesado.
-No he dicho eso.
-¿Entonces?
-Entonces déjame hacerte una última pregunta: Si piensas así, como has insinuado, ¿por qué no lo mandas todo a la mierda?
-Por que siento agradecimiento hacia los que me rodean. No puedo fallarles porque tengo mucho que agradecerles.
-Eso sí que lo entiendo bien. El agradecimiento es la forma más alta de la amistad.
-Creo que contigo me está empezando a pasar eso: que te agradezco mucho que me escuches y que intentes comprenderme; esta tarde lo necesitaba.
-Ya me he dado cuenta…

(Foto titulada “Joseph”, de la serie L´autre de Luc Delahaye)

1 Comment Notas para un diario 4

  1. Anonymous 29/04/2008 at 15:29

    ¿Y el texto (que me ha gustado mucho) de quién es? Asumo que del autor del blog. En ese caso, enhorabuena.

    Reply

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